La mujer del último canal

Fue aquella tarde, si aquella tarde

En la proa de una góndola negra, una mujer con un largo vestido azul se encuentra de pie.
La suave tela refleja el sol y se transforma en suaves tonos de azul.

Imagen generada con leonardo.ai

Aquella tarde, cuando el sol se disolvía entre edificios antiguos y el agua esmeralda parecía un espejo sediento, yo pensé que estaba solo. Los canales de Venecia suelen guardar secretos, pero ninguno tan inquietante como el que estaba a punto de revelarse ante mis ojos.

Una góndola avanzaba lentamente hacia mí, como si no fuese movida por manos humanas. Delicada, silenciosa, casi espectral. Sobre ella, una mujer vestida de azul. No sabía su nombre, pero su figura transmitía algo que se situaba entre la nostalgia y la advertencia. Parecía esperar que yo la reconociera, aunque jamás la había visto antes.

Cuando la góndola se detuvo sin sonido alguno, ella giró el rostro en mi dirección. Sus ojos —profundos como la marea en luna llena— no miraban el canal, ni los adoquines, ni siquiera la ciudad. Se clavaron directamente en mí.

Sentí un estremecimiento que no pertenecía al frío. Aquella mirada me obligó a recordar algo que no sabía que había olvidado: un sueño repetido desde mi infancia, donde una mujer vestida del mismo azul me extendía la mano sobre un agua idéntica. ¿Podía ser la misma? ¿O acaso estaba soñando ahora, atrapado entre mármol y bruma?

El silencio se quebró sin previo aviso. Las paredes de los edificios que rodeaban el canal comenzaron a susurrar, como si la piedra hubiese guardado voces durante siglos esperando el momento de liberarlas. Escuché fragmentos en lenguas que no conocía, nombres, promesas, advertencias.

Ella, sin moverse, parecía escuchar cada palabra. Luego, cuando el susurro se convirtió en murmullo, levantó su mano. No para saludar. No para despedirse. Sino para señalar algo detrás de mí. Me giré lentamente, dominado por un miedo que avanzaba con peso propio. Pero no había nada salvo un puente antiguo… y, sin embargo, su sombra era más larga de lo que el sol permitía.

La mujer dio un paso sobre la madera roja de la góndola. Sus pies no hicieron ruido. El vestido rozó el aire con un sonido casi musical, como si estuviera hecho de agua solidificada. Me observó de nuevo y, esta vez, comprendí el mensaje: no era una aparición ni un espectro; era un umbral. Una invitación.

El agua bajo la embarcación comenzó a brillar, como si ocultara una ciudad aún más antigua bajo la Venecia que conocemos. Comprendí entonces que no todos los destinos se escriben en papel. Algunos, los más importantes, se graban en reflejos y corrientes. Y solo quienes se atreven a aceptar lo imposible, pueden cruzarlos.

Cuando parpadeé, ella ya no estaba. La góndola se mecía sola, vacía, sin rastro de su vestido azul. Pero el rumor en las paredes seguía latiendo, y aún puedo jurar que el agua del canal guardó un reflejo que no me pertenecía. Desde ese día, cada vez que escucho el eco de pasos al atardecer, temo que el puente vuelva a proyectar una sombra demasiado larga… señal de que la mujer del último canal vuelve a buscarme.

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