
Imagen generada con leonardo.ai
Se sentaba siempre junto a la ventana cuando la tarde empezaba a inclinarse. No era costumbre: era refugio. Desde allí, el mundo parecía menos abrupto, como si el cristal filtrara no solo el polvo del camino, sino también los golpes de la memoria.
En el reflejo aparecía otro rostro, casi idéntico y sin embargo distinto. Era ella misma, pero cargada de lo que ya no estaba. La nostalgia no venía en forma de lágrimas, sino como una presencia silenciosa, una compañía que sabía dónde acomodarse sin pedir permiso. Pensaba en lo perdido no como en una herida abierta, sino como en una habitación cerrada que aún conservaba calor.
Había nombres que no pronunciaba, lugares que evitaba recorrer con la mente. La pérdida había hecho su trabajo con paciencia, despojando los días de ciertas certezas. Y aun así, algo resistía. Se notaba en la forma en que sus ojos no se apagaban del todo, en ese leve gesto del rostro que no era tristeza pura, sino espera.
Fuera, el paisaje seguía su curso indiferente, pero dentro se estaba gestando una tregua. Comprendía, por fin, que recordar no era traicionar el presente, y que la esperanza no siempre llega como una promesa clara, sino como una luz tímida que aprende a quedarse.
Cuando se levantó, el reflejo tardó un instante en desaparecer. No le dio miedo. Supo que mientras pudiera mirarse así, con verdad y sin dureza, aún quedaban caminos por recorrer. La pérdida había dejado su marca, sí, pero no había logrado arrebatarle lo esencial: la capacidad de seguir mirando hacia adelante.
