La visitante del «Jardín de Medianoche»

En medio del aroma de mi jardín

Mantis religiosa con una expresión emocionada que presenta una paleta de colores vibrante y exagerada

Imagen generada con leonardo.ai

Fue al caer la noche cuando descubrí que el jardín escondía más que aroma de tierra húmeda y silencio. Las sombras se extendían como dedos largos entre los rosales, y una brisa helada se deslizó sobre mi nuca mientras me preguntaba qué podía haber despertado aquella sensación de ser observado.

Había oído rumores, por supuesto: historias antiguas de criaturas que solo emergen cuando el cielo parece una boca abierta sin estrellas. No creí una sola palabra, hasta que escuché el crujir de las hojas y comprendí que no estaba solo.

Primero vi los ojos: dos esferas enormes y brillantes, como globos de obsidiana húmeda reflejando la luna ausente. Luego, la figura se materializó, colorida, imposible y tan nítida como un sueño que no quiere desvanecerse. Era una mantis, pero ninguna semejante a las que han poblado libros de biología o charcos de verano. Su cuerpo parecía tallado con minerales iridiscentes y pinceladas de un arcoíris prohibido.

Avanzó un paso. Luego otro. Sin mover alas ni lanzar un sonido, me habló desde la quietud misma: no con palabras, sino con una certeza visceral. Ese ser no pertenecía al reino de los insectos, sino al de lo desconocido. En su mandíbula abierta, donde debería haber pequeñas piezas trituradoras, había dientes. Humanos. Y una lengua que latía como un corazón recién nacido.

Mientras la criatura me observaba, recordé algo que había leído en un manuscrito antiguo. Decía que algunos seres atraviesan fronteras del tiempo buscando guardianes. O presas. Aquella mantis parecía ser ambas cosas. Su piel multicolor vibraba con señales que tal vez yo no debía comprender: pulsos que parecían advertencias o tal vez invitaciones.

De pronto, sentí un tirón en mi mente, como si algo entrara a revisar mis memorias. Vi momentos de mi vida pasar ante mis ojos, recuerdos que ni siquiera yo conservaba ya. Y al final de esa invasión silenciosa, comprendí su propósito. No vino al jardín por casualidad. Vino por mí. Porque alguien… o algo… la había enviado.

La criatura inclinó la cabeza, y sus antenas rozaron el aire con la precisión de un cirujano. Comprendí que ese gesto era una pregunta. Una invitación. Sentí que, si aceptaba, ya no sería solo un espectador de la noche, sino parte de un tejido más antiguo que los árboles y más profundo que el miedo.

Pero la curiosidad humana es un arma peligrosa. Extendí mi mano, dudando. Y en ese instante, el jardín desapareció. El suelo se convirtió en una vasta sala de espejos donde cada reflejo mostraba una versión distinta de mí: más joven, más vieja, más rota, más valiente. En todas ellas, la mantis estaba a mi lado, como un guardián… o un carcelero.

Cuando desperté, era de día y el jardín parecía igual, salvo por un detalle: sobre la mesa de madera había marcas de garras y un pequeño fragmento de exoesqueleto que iridiscía con la luz del sol. No sé si volverá. Tal vez nunca se fue. Pero desde aquella noche, cuando el silencio es demasiado profundo, siento que otras manos invisibles escriben mi destino. Y temo el momento en que la mantis regrese a reclamar lo que pactamos en un sueño del que aún no sé si desperté.

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