
Imagen generada con leonardo.ai
No recuerdo en qué momento exacto comenzó la niebla. Fue como si el mundo, cansado de ser visto, decidiera cubrirse con un velo para ocultar sus verdades. Aquella mañana, el campo estaba sumido en un silencio tan profundo que parecía absorber los latidos del corazón. Solo un sendero estrecho, serpenteando entre árboles oscuros, marcaba la frontera entre la duda y lo desconocido.
Yo avanzaba sin saber por qué. Era como si una fuerza invisible empujara mi cuerpo desde detrás de los huesos. La humedad calaba los pulmones, y cada paso hundía mis pensamientos un poco más en el barro del miedo. Fue entonces cuando los vi: dos figuras, quietas, caminando hacia la nada.
La figura más cercana era alta y oscura, como un árbol desprendido del bosque que hubiera bajado a caminar. La otra era más pequeña, casi infantil. Andaban uno al lado del otro, pero sin tocarse. Nunca giraron la cabeza. Jamás dudaron. Podrían haber sido viajeros extraviados… salvo por un detalle imposible de ignorar: no dejaban huellas.
Me detuve. El aire se volvió pesado, casi sólido. En la distancia, un grupo de siluetas esperaba inmóvil, como estatuas hundidas a medias en el suelo. No avanzaban. No retrocedían. Solo estaban allí, y su mera presencia bastaba para que el frío subiera por la columna vertebral como una ascensión lenta e inevitable hacia la consciencia del peligro.
Fue el viento el que habló primero. No con palabras, sino con un murmullo quebrado. Si alguna vez las almas tuvieran un idioma, sonaría así: un eco de voces que ya olvidaron cómo pronunciar sus nombres. Los árboles, desprovistos de hojas, parecían escuchar también, inclinándose apenas, como si reverenciaran aquello que se aproximaba.
Sentí un temblor en las manos y me llevé los dedos al pulso, buscando consuelo en el latido. Pero mi corazón, por un instante, no respondió. Fue como si el miedo hubiese detenido el reloj interno que me sostenía. Aquellas figuras seguían avanzando, y el sendero parecía estrecharse para obligarme a permanecer allí, testigo del inevitable encuentro.
La niebla comenzó a cambiar. En vez de ocultar, ahora parecía revelar trazos, bordes, líneas. Como si algo dentro de ella estuviera emergiendo. El grupo de sombras lejanas se disipó de pronto, como si nunca hubiera existido. Solo quedaron los dos caminantes. Fue entonces cuando comprendí que no eran personas: eran elecciones. Y una de ellas esperaba ser tomada.
La figura pequeña se detuvo. Giró lentamente la cabeza hasta que su rostro invisible quedó alineado con el mío. No tenía rasgos, pero su vacío me observó. Y supe, de repente, que había venido por mí. No porque me conociera… sino porque era mi turno.
Dí un paso atrás. Luego otro. Pero el camino ya no existía. La niebla lo había devorado. Sentí el aire entrar, áspero, por mi garganta. Y entonces hice lo único que podía hacer: avancé. Porque cuando la niebla respira, no pregunta. Solo elige. Y hay destinos de los que no se puede huir sin dejar atrás algo que jamás se recupera.
