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No recuerdo en qué momento exacto comenzó la niebla. Fue como si el mundo, cansado de ser visto, decidiera cubrirse con un velo para ocultar sus verdades. Aquella mañana, el campo estaba sumido en un silencio tan profundo que parecía absorber los latidos del corazón. Solo un sendero estrecho, serpenteando entre árboles oscuros, marcaba la frontera entre la duda y lo desconocido.
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