
Imagen generada con DALL-E
Nadie lo recordaba del todo. Nadie sabía exactamente qué contenía. Solo que había sido guardado ahí hace mucho tiempo, con una mezcla de prisa y miedo. Se decía que el archivo contenía una verdad incómoda, una emoción sin resolver o quizá una versión más honesta del pasado.
Los pensamientos lo rodeaban con respeto. Incluso las ideas más atrevidas se alejaban de él con disimulo.
—“Yo no me meto ahí”, decía una sospecha.
—“Una vez un recuerdo lo tocó y se le borraron los bordes”, contaba una anécdota.
—“Creo que ese archivo hizo llorar a una expectativa”, susurraba un deseo.
Sin embargo, un día cualquiera —sin fecha significativa, sin crisis anunciada— apareció algo inesperado: una curiosidad sin antecedentes. No era muy grande ni brillante, pero sí tenaz. Empezó a rondar el archivo.
—“¿Y por qué no abrirlo?”
—“Porque no hace falta.”
—“Pero, ¿quién lo dijo?”
—“Eso fue decisión de una emoción antigua que ya no vive aquí.”
La curiosidad no se convenció. Dio vueltas, leyó la etiqueta otra vez, y como quien acaricia una herida cerrada, presionó el primer clic.
El archivo se estremeció.
Desde el interior se escuchó un bostezo. Y luego, una voz ronca:
—“¿Otra vez quieren abrirme? Qué pereza…”
La curiosidad insistió. Clic por clic, hasta llegar al séptimo. Y entonces ocurrió: el archivo se abrió.
No salió humo, ni dolor, ni tormenta. Solo una vieja historia mal contada, una emoción que no había tenido oportunidad de explicarse y una frase que nadie había dejado terminar: “No fue tu culpa.”
Eso era. Eso había estado ahí, guardado como si fuera veneno, cuando en realidad era una liberación demorada.
Al abrirse, el archivo no explotó. Solo suspiró, se estiró los márgenes, y dijo:
—“Ya era hora. Estaba cansado de que me temieran más de lo que merecía.”
La cabeza entera sintió algo extraño: ligereza. No euforia, no alivio desbordado, solo una especie de orden que se acomoda en silencio, como una silla que por fin encaja bajo la mesa.
Desde ese día, el archivo no volvió a cerrarse. No hizo falta. Se quedó ahí, abierto, tranquilo. No ocupaba más espacio. Simplemente ya no daba miedo.
Y la curiosidad… bueno, se mudó a otra parte de la cabeza. Le habían dicho que en la sección de “supuestos firmes” había otro archivo con etiqueta sospechosa:
“Verdades que nadie revisa.”
Y allá fue.
