
Imagen generada con leonardo.ai
Cierto, nadie llega a ellos por voluntad, no existen mapas y nadie conoce las coordenadas. Solo un sueño recurrente que algunos elegidos empiezan a tener: una escalinata de piedra en el fondo del mar, flanqueada por dos toros gigantes de ojos vacíos. Siempre en silencio. Siempre observando.
Los que sueñan con ellos despiertan empapados, con sal en la lengua, como si hubieran tragado siglos. Algunos lo olvidan al instante. Otros no pueden dejar de dibujarlos. Y hay unos pocos —muy pocos— que escuchan la llamada con claridad: “Desciende.”
Y descienden.
A veces aparecen sin explicación en costas lejanas, cruzan océanos dormidos, o despiertan al borde de islas que no figuran en ningún atlas. Allí, bucean sin equipo, sin miedo, guiados por una certeza que no es suya. Y los encuentran.
Los toros del abismo. Sí, son más antiguos que el lenguaje. No fueron esculpidos: fueron exhumados del lecho del tiempo, como si la piedra misma hubiera querido tomar forma de advertencia. Nadie sabe quién los colocó allí, ni por qué. Lo único cierto es que custodian una escalinata que nunca ha sido ascendida por completo.
Se dice que quien alcanza el penúltimo escalón desaparece sin dejar rastro. El último nunca ha sido pisado.
Los peces que nadan cerca de ellos no envejecen. Las burbujas se detienen a mitad del ascenso. El agua, ahí, no se comporta como agua. Las leyes físicas tiemblan.
Cada tanto, el fondo marino se agita. No como un terremoto, sino como una respiración. Entonces los toros emiten un sonido que no es sonido: una vibración que invade los huesos y deja a los vivos sin sombra durante siete días.
En antiguas tablillas halladas en cavernas sumergidas —escritas en una lengua desconocida pero comprensible al leerla— se narra que los toros no son guardianes, sino carceleros. Custodian no un templo, sino una puerta. Y lo que duerme detrás no debe ser nombrado, porque cada vez que se intenta definir, se acerca un poco más.
Los pueblos costeros que aún le temen no hablan de ellos. Solo colocan ofrendas de piedra en la orilla, como si la rigidez de lo inmóvil pudiera apaciguar a lo que se agita en las profundidades.
Hay quienes aseguran haber oído hablar a los toros. No con voz, sino con memoria, como si recordaran todo lo que el mar ha intentado enterrar. Dicen que sus ojos no están vacíos, sino llenos de mundos sumergidos.
Y algunos susurran —con voz temblorosa— que un día, cuando el agua suba hasta las montañas y la tierra recuerde su forma anterior, los toros caminarán.
No para destruir.
Sino para liberar lo que ni el mar se atrevió a tragar.
