Todos quieren escapar… pero nadie quiere soltar la cadena

Somos esclavos del sistema… pero bien peinados y con reloj de pulsera.

Una oficina moderna de paredes de cristal con empleados vestidos de traje elegante cada uno atado con cadenas pulidas de acero que brillan como si fueran accesorios de lujo Algunos miran hacia la ventana con expresión de deseo pero ninguno hace el menor intento de soltarse

Imagen generada con leonardo.ai

Nos quejamos del jefe, del horario, de las normas absurdas, del ruido de fondo que nunca cambia. Y, sin embargo, cuando aparece la oportunidad de cortar la cadena… alguien siempre pregunta si se puede hacer sin que duela demasiado.

No es que falten ansias de libertad: sobran discursos, cafés conspirativos y planes de fuga imaginarios. Lo que falta es valor para dejar atrás esa cadena que, a fuerza de costumbre, se ha convertido casi en un accesorio cómodo.

En Roma, los esclavos al menos sabían que lo eran. En nuestras oficinas, el grillete tiene acabados brillantes y una correa de cuero fino: se llama “seguridad laboral”, “beneficios corporativos” o, peor aún, “zona de confort”.

Las cadenas ya no hacen ruido al arrastrarse; son silenciosas, elegantes… y tan bien integradas en el traje que uno casi olvida que están ahí. Hasta que alguien intenta moverse demasiado rápido y descubre que no puede.

En las reuniones de pasillo, los cafés compartidos y los chats internos, se repite el ritual:

. “Esto no puede seguir así”: dicho con un tono heroico, pero solo entre compañeros de confianza.

. “Habría que hacer algo”: frase eterna que nunca desemboca en nada.

. “Si todos nos uniéramos…”: idea brillante que se desvanece al sonar el aviso de la próxima reunión.

Así, la protesta se convierte en un acto social: un desahogo que no busca cambio real, solo compañía en la resignación.

Soltar la cadena no es complicado; lo difícil es el silencio que viene después. Porque romper el vínculo implica asumir riesgo, y el riesgo es incómodo. ¿Y si no hay nada mejor? ¿Y si saltar nos deja sin suelo?

La ironía es que, mientras tememos perder lo poco que tenemos, olvidamos que el sistema no cambia porque siempre encontramos razones para no empujar demasiado fuerte. La jaula, al final, funciona porque está amueblada.

Siempre hay una excusa lista para evitar cortar la cadena:

. La crisis económica.

. La edad.

. La hipoteca.

. El “quizá el año que viene”.

Y así, año tras año, el candado sigue intacto, mientras nosotros seguimos acariciando la cadena como quien acaricia un recuerdo.

El sistema no necesita guardias: solo necesita nuestra costumbre. Y mientras no haya alguien dispuesto a soltar primero la cadena —aunque sea solo una—, seguiremos en círculo, quejándonos como quien canta una canción conocida para no sentirse solo.

La esperanza, quizá, está en los que un día, sin mucho ruido, deciden saltar. Y aunque los demás los llamen locos… desde fuera se les ve sin reloj, sin corbata y, curiosamente, mucho más ligeros.

Descubre más desde Asesor Sutil

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo