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Así podría resumirse el curioso fenómeno que se repite en salas de juntas, parlamentos y cualquier institución donde la verdadera autoridad brilla por su ausencia: cuando no hay liderazgo auténtico, el poder no lo conquista el más sabio, sino el más ruidoso.
En el silencio razonado de quienes piensan, el eco de los que vociferan encuentra terreno fértil. Y así, la comedia se pone en marcha: no hay guion, no hay director… solo una troupe de actores convencidos de que volumen equivale a visión.
El legado de la antigua Roma: del Senado al estrépito
En la antigua Roma, incluso los discursos más vacíos podían mover ejércitos si se pronunciaban con suficiente teatralidad. La retórica no solo era una herramienta, sino un espectáculo. Los senadores más recordados no siempre fueron los más sabios, sino los que sabían golpear el atril con furia y mirar al público como si los dioses hablaran a través de ellos.
Hoy, ese espíritu no ha muerto; solo se ha adaptado. Donde antes había togas y foros, ahora hay trajes y salas de videoconferencia. Pero la lógica es la misma: quien domina el escenario, aunque no tenga nada que decir, se lleva el mando.
El ruido como estrategia de poder
La ausencia de liderazgo real crea un vacío, y la naturaleza —y las organizaciones— detestan el vacío. Alguien tiene que llenarlo. Y ese “alguien” rara vez es el más preparado:
. El vociferante profesional: confunde intensidad con autoridad; grita tanto que nadie tiene tiempo de cuestionar sus ideas.
. El repetidor de eslóganes: no resuelve nada, pero sus frases son fáciles de recordar y difíciles de discutir.
. El maestro de la interrupción: interrumpe no porque tenga razón, sino porque sabe que el ruido es más difícil de ignorar que la lógica.
En este teatro, la sabiduría callada se vuelve invisible, y el grito impostado se transforma en una corona improvisada.
La ilusión del mando
Cuando el que más grita parece liderar, nace una ficción colectiva. Los demás, agotados de esperar dirección, aceptan el espejismo. Se generan reuniones interminables donde nadie manda, pero todos fingen que alguien lo hace.
En realidad, no hay dirección… solo una sucesión de voces que se superponen, como una orquesta sin partitura, donde el tambor cree que es el director simplemente porque hace más ruido que el violín.
El precio del estrépito
El problema de este modelo es simple: el ruido no construye nada. Puede paralizar decisiones, enterrar buenas ideas y elevar mediocridades. Y mientras tanto, los verdaderos líderes —esos que hablan poco pero guían mucho— se pierden entre murmullos, cansados de competir con el espectáculo.
En Roma, al menos, las arengas ruidosas tenían un coliseo que justificaba la teatralidad. En el mundo moderno, solo nos queda el eco de un falso mando disfrazado de autoridad.
Una conclusión amarga (y útil)
Si el grito sustituye al liderazgo, quizá la única salida es no confundir volumen con dirección. Porque, aunque el ruido vista traje imperial, su corona es de cartón. Y, tarde o temprano, siempre hay alguien que se da cuenta de que detrás de la estridencia no había más que un micrófono abierto y un vacío de ideas.
Hasta entonces, la comedia seguirá en escena… con su director más histriónico al frente.
