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Viajar suele presentarse como una promesa de placer, descubrimiento y libertad. Se habla del cambio de paisaje, de la aventura, de la experiencia enriquecedora. Sin embargo, hay un aspecto del viaje del que se habla poco: su capacidad para desarmar identidades cómodas. Porque viajar no solo desplaza el cuerpo; también descoloca certezas, hábitos y roles que en casa parecían firmes.
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