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Y es curioso, porque cuando un tema nos incomoda, solemos levantar un muro automático: racionalizamos, esquivamos, cambiamos de conversación. Sin embargo, basta una broma inesperada, un guiño absurdo o un comentario ingenioso para que ese muro tenga, de pronto, una grieta. El humor se cuela por ahí sin pedir permiso, ligero como si no fuese “gran cosa”, pero plantando semillas que después germinan en reflexión, incomodidad… o revelación.
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