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Este arco de piedra, erigido con paciencia frente al mar, no sostiene un techo ni delimita un espacio habitable; no está diseñado para ocuparlo, sino para permitir el paso. Su función, simple y clara, contrasta con las estructuras que buscan refugio o permanencia.
No sirve para quedarse. Sirve para pasar. Y esa diferencia lo convierte en un símbolo extraordinariamente humano. Atravesar sin llegar.
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