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Las fiestas suelen presentarse como espacios donde reina la alegría, el desinhibido caos amable y la ilusión de que todos están pasándolo bien. Pero, bajo esa superficie brillante, existe otro nivel mucho más humano y más frágil: el de aquellos que se mueven entre risas ajenas sin lograr encontrar un punto donde encajar. La fiesta, en ese sentido, puede convertirse en un auténtico laberinto emocional, un territorio donde se buscan miradas, gestos, señales de pertenencia… y donde, paradójicamente, es fácil sentirse más solo que nunca.
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