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Cierto, basta contemplar una lámpara de cuerpo redondeado, largo pico y asa curvada para que nuestra imaginación complete inmediatamente la escena: una mano que frota el metal, una espiral de humo que comienza a elevarse y, unos instantes después, un genio dispuesto a conceder deseos.
La lámpara maravillosa de Aladino forma parte de nuestro imaginario colectivo. Sin embargo, detrás del objeto mágico existe otro mucho más cotidiano y real. Durante siglos, lámparas alimentadas con aceite iluminaron hogares, calles, talleres, palacios y lugares de culto. Mucho antes de la electricidad, aquellos pequeños recipientes fueron, sencillamente, una de las maneras que tuvo el ser humano de vencer a la oscuridad.
Antes de ser maravillosa, era una lámpara
Las lámparas de aceite son antiquísimas. El catálogo especializado del J. Paul Getty Museum documenta ejemplares procedentes del mundo mediterráneo entre aproximadamente el 800 a. C. y el 800 d. C., aunque existen formas de iluminación mediante recipientes con combustible y mechas desde épocas prehistóricas. Podían ser sencillos cuencos de arcilla o piezas mucho más elaboradas realizadas en terracota, piedra, bronce e incluso metales preciosos.
Su funcionamiento era ingeniosamente sencillo: En el interior había un depósito que contenía el combustible. Una mecha de fibras vegetales o tejido absorbía el aceite y lo transportaba por capilaridad hasta el extremo situado en el pico de la lámpara. Al encenderlo, lo que alimentaba principalmente la llama era el combustible que ascendía por la mecha.
Es decir, la mecha no era simplemente algo que se iba quemando hasta desaparecer: actuaba como un diminuto conducto que llevaba continuamente combustible hasta la llama.
Tenemos ejemplos muy antiguos que conservan precisamente esta estructura. Una lámpara griega del siglo V a. C. conservada en el Metropolitan Museum of Art utilizaba aceite de oliva almacenado en su interior y una mecha colocada en el pico. Otro ejemplar helenístico chipriota del siglo II a. C. presenta ya un largo pico para la mecha, asa y abertura de llenado.
¿Siempre utilizaban aceite de oliva?
No.
Aquí aparece uno de esos pequeños detalles históricos que hacen el tema mucho más interesante.
El combustible dependía de la región, la época y aquello que estuviera disponible. El aceite de oliva fue muy importante en numerosas zonas del Mediterráneo. Pero en Egipto, por ejemplo, se han conservado lámparas de los siglos IV-VI que utilizaban generalmente aceite de ricino o de sésamo. En Siria también encontramos lámparas medievales concebidas para quemar aceite mediante una mecha de fibras.
Por tanto, nuestra «lámpara maravillosa» era en realidad una tecnología extremadamente sencilla y adaptable: un recipiente, combustible, una mecha y fuego.
Nada de genios.
Al menos, que los arqueólogos hayan encontrado.
Entonces, ¿qué tiene que ver todo esto con Aladino?
Aquí la historia se vuelve casi tan fascinante como el cuento.
Aunque solemos considerar Aladino y la lámpara maravillosa uno de los relatos por excelencia de Las mil y una noches, su historia textual es bastante más complicada.
La colección que conocemos como Las mil y una noches fue formándose durante siglos a partir de tradiciones procedentes de diferentes lugares. La primera gran traducción europea fue realizada por el orientalista francés Antoine Galland y publicada entre 1704 y 1717.
Pero la historia de Aladino no figuraba en el manuscrito sirio que sirvió como una de las principales fuentes de Galland. El relato llegó hasta él a través de Hanna Diyab, un joven maronita originario de Alepo que le contó oralmente varias historias. Entre ellas estaba la de Aladino.
Y todavía encontramos otra sorpresa.
Aladino no vivía originalmente en Arabia
En el relato difundido por Galland, Aladino vive en China.
Sí, China.
Una antigua edición inglesa conservada por la Library of Congress comienza situando la historia en una rica provincia del reino de China. El famoso hechicero que pretende apoderarse de la lámpara procede, además, de África.
El mundo de Aladino que posteriormente construyó la cultura popular fue mezclando elementos árabes, persas, islámicos y orientales hasta crear ese escenario fantástico que hoy reconocemos inmediatamente.
De hecho, esa transformación nos dice mucho sobre el enorme impacto que Las mil y una noches tuvo en Europa. Sus traducciones despertaron una fascinación extraordinaria por un Oriente imaginado y acabaron convirtiendo a Aladino, Simbad y los genios en personajes conocidos por generaciones enteras.
¿Y cómo era la lámpara original de Aladino?
El propio relato nos ofrece una pista deliciosa.
Cuando Aladino llega hasta ella, la lámpara está encendida. Debe apagarla, retirar la mecha y vaciar el líquido que contiene antes de llevársela.
Es un detalle fundamental porque demuestra que, dentro del cuento, no estamos ante un misterioso recipiente cuya única función sea albergar un genio.
Es una auténtica lámpara de combustible.
Para los lectores de la época, aquello era un objeto perfectamente reconocible. Sería algo parecido a que hoy escribiéramos un cuento sobre una bombilla mágica: lo extraordinario no sería el objeto, sino aquello que ocurre al utilizarlo.
Y ahí reside parte del encanto.
Aladino no encuentra una corona encantada, una espada cubierta de piedras preciosas ni un objeto que anuncie su poder. Encuentra algo aparentemente corriente.
Una vieja lámpara.
De objeto cotidiano a icono
Con el enorme éxito de la historia, ilustradores, editores y posteriormente el teatro y el cine fueron dando una identidad visual cada vez más reconocible a la lámpara maravillosa.
Durante el siglo XIX, Las mil y una noches inspiró espectáculos teatrales occidentales, entre ellos las populares pantomimas de Aladdin’s Wonderful Lamp. Ya encontramos carteles teatrales dedicados a Aladino a finales de aquel siglo y representaciones gráficas inequívocas de la «lámpara maravillosa» a comienzos del XX.
El cine continuó alimentando esa imagen. En 1926, décadas antes de la versión de Disney, Lotte Reiniger incorporó a Aladino y su lámpara en su extraordinaria película de animación mediante siluetas Las aventuras del príncipe Achmed.
Y en 1992, la versión animada de Disney convirtió definitivamente aquella lámpara dorada de largo pico y asa curvada en una de las representaciones modernas más reconocibles del objeto. El propio cartel cinematográfico conservado por la Library of Congress coloca la lámpara en la parte inferior, expulsando la característica columna de humo.
Pero sería más correcto decir que Disney heredó y popularizó enormemente una tradición visual anterior, no que inventó la forma que hoy asociamos con la lámpara de Aladino.
La verdadera magia de la lámpara
Quizá lo más hermoso de toda esta historia sea precisamente la transformación del objeto.
Durante miles de años, una lámpara de aceite fue tecnología doméstica. Cuando llegaba la noche, alguien llenaba un pequeño depósito, colocaba una mecha y encendía una llama.
Aquella luz permitía continuar una conversación, terminar un trabajo, leer, cocinar, desplazarse por una habitación o simplemente prolongar unas horas la vida cotidiana después de ponerse el sol.
No concedía tres deseos.
Pero, en una época sin electricidad, encerrar unas horas de luz dentro de un pequeño recipiente tampoco debía de parecer poca cosa.
Y después llegó un cuento.
La imaginación tomó aquel humilde objeto cotidiano, escondió un genio en su interior y consiguió algo que ningún artesano que fabricara lámparas hace siglos habría podido prever: que algún día, al contemplar una de ellas, millones de personas no pensaríamos primero en aceite, fuego y mechas.
Pensaríamos en deseos.
Tal vez esa sea la auténtica lámpara maravillosa: la capacidad de las historias para transformar un objeto corriente en algo que, siglos después, todavía consigue encender nuestra imaginación.

