
Imagen generada con leonardo.ai
Pero lo que más inquietaba a todos era que no proyectaba sombra.
Los más viejos lo compararon con un espíritu de los antiguos tiempos, un «galbreth» —nombre olvidado que significaba algo así como «el que vuelve pero no fue»—. Otros creían que era un experimento escapado de algún laboratorio en la ciudad. Los niños, en cambio, lo llamaban Tinto, porque lo vieron por primera vez entre las hojas rojas de otoño, como una figura pintada con tinta sobre el paisaje.
I. El encuentro
Mairen, una joven que vivía en el límite del bosque, fue la primera en acercarse a él. Una tarde de niebla, mientras recogía ramas secas, lo vio sentado en mitad del sendero. Estaba quieto, como si esperara algo. Cuando lo miró, no sintió miedo. Sintió… reconocimiento. Como si lo conociera desde antes de conocer nada.
Tinto no se movió hasta que ella dio un paso. Entonces, comenzó a caminar, lento, y ella lo siguió, sin pensarlo. La llevó por senderos que no conocía, pese a haber vivido allí toda su vida. Cuando se dio cuenta, estaban ante una puerta de madera ennegrecida por los años, encajada en la ladera de una colina. Una puerta que jamás había visto, pero que parecía tan antigua como el bosque mismo.
Tinto se detuvo, la miró, y desapareció.
II. La puerta y los nombres olvidados
Mairen regresó a la aldea con la cabeza llena de preguntas. Contó lo sucedido, pero nadie le creyó. Solo una anciana, Listra, la llamó aparte y le mostró un cuaderno viejo, cubierto de polvo y cuero seco. Dentro había dibujos de animales imposibles, símbolos circulares, y una lista de nombres que se borraban con cada página que pasaba. En uno de los dibujos, sin embargo, Mairen reconoció al perro. Sin duda: el mismo cuerpo delgado, la piel lisa, las orejas alertas… sin sombra.
Listra le dijo:
—Ese perro aparece cuando alguien está por cruzar un umbral.
—¿Un umbral? —preguntó Mairen.
—Entre el mundo que conoces… y el que olvidaste haber vivido.
III. Más allá del umbral
Esa noche, Mairen regresó al lugar. La puerta seguía allí. Al tocarla, la madera se volvió tibia, como si la esperara. Entró.
Lo que encontró no era una caverna ni una casa. Era un bosque invertido: los árboles crecían hacia abajo desde un cielo de piedra, el río fluía suspendido entre raíces flotantes, y el aire estaba lleno de susurros, como si el propio lugar recordara cosas que los humanos habían olvidado.
Tinto apareció a su lado. Esta vez, hablaba. No con voz, sino con pensamientos que se deslizaban como agua sobre piel:
—Aquí viven los fragmentos de lo que fuiste. Solo quienes han sido olvidados pueden entrar.
—¿Y yo? —preguntó Mairen sin abrir la boca.
—Tú naciste aquí. Pero te llevaron fuera. Has vuelto. Puedes elegir.
IV. La elección
Mairen vio entonces su reflejo en el agua suspendida. No era ella misma: era una niña sin miedo, jugando con criaturas de fuego, hablando con árboles, danzando con lobos. Un pasado borrado. Una vida otra.
El perro se tumbó a sus pies.
—¿Y si me quedo? —pensó Mairen.
—Nadie te recordará allá afuera. Serás sombra de lo que fuiste.
—¿Y tú?
—Yo soy tu sombra perdida —dijo él—. Cuando me aceptes, tendrás que llevarme dentro.
Ella asintió.
Y al hacerlo, el perro se deshizo en una nube negra que se fundió con su piel. En ese instante, Mairen sintió el calor del bosque vivo, los ecos antiguos y la certeza de pertenecer a dos mundos a la vez.
V. La chica sin sombra
Desde entonces, si caminas por los bordes del bosque de Bleron, puedes ver a una joven que recoge ramas o canta canciones que nadie conoce. Va descalza, y no deja huella. Si el sol brilla, no proyecta sombra. Si te acercas, sus ojos tienen la misma mirada que el perro.
Dicen que, si la sigues en silencio y no tienes miedo, podrías encontrar la puerta.
Pero cuidado: el que entra, no siempre recuerda haber salido.
