El hombre que ajustaba tuercas: el absurdo de medir el valor por la eficiencia

Hay un hombre en una fábrica que ajusta tuercas. Lo hace bien, rápido, sin errores. No se queja, no interrumpe, no duda. Llega a tiempo, cumple el horario, no falta.

Hay un hombre en una fábrica que ajusta tuercas. Lo hace bien, rápido, sin errores. No se queja, no interrumpe, no duda. Llega a tiempo, cumple el horario, no falta. Día tras día repite el mismo movimiento: mano derecha, llave inglesa, giro exacto.
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Día tras día repite el mismo movimiento: mano derecha, llave inglesa, giro exacto. Si alguien lo observa, pensará que es eficiente. Que está en su lugar. Que funciona.

Pero si uno pudiera mirar por dentro, tal vez descubriría otra cosa: una soledad que no aparece en los informes de rendimiento, un cansancio que no se mide por minutos, una pregunta que nadie ha sabido responderle: “¿para qué todo esto?”

Ese hombre no es solo uno. Somos muchos. Somos todos, en algún momento.

Vivimos en una época donde la eficiencia ha sido elevada a valor supremo. Se nos evalúa por lo rápido que producimos, lo bien que respondemos, lo mucho que entregamos. Todo lo demás —el proceso interior, la dignidad, el deseo, incluso el sentido— parece quedar relegado.

La lógica de la eficiencia tiene sus virtudes, claro. Nos permite organizar recursos, aprovechar el tiempo, reducir el error. Pero cuando se convierte en única vara de valor, se vuelve peligrosa. Porque transforma al ser humano en engranaje, en pieza, en número de productividad.

La pregunta ya no es “¿quién eres?”, sino “¿cuánto das?”, “¿cuánto resuelves?”, “¿cuánto tardas?”.

Y cuando esa lógica se impone en todas partes —la escuela, el trabajo, las relaciones, la vida cotidiana— el resultado es un mundo donde se premia el hacer por encima del ser, y donde sentirse agotado, desconectado o vacío no es una señal de alarma, sino de que estás funcionando correctamente.

En este sistema, acumulamos méritos como quien junta puntos en una tarjeta de cliente frecuente. Títulos, logros, resultados. Pero muchas veces esos méritos no están conectados con la pasión, ni con la verdad, ni con la alegría. Son fruto de una exigencia constante que no da espacio a la reflexión ni al error.

Se puede ser excelente sin estar presente. Brillante sin estar feliz. Admirado sin sentirse completo.

Y así, el hombre que ajusta tuercas puede ser promovido. Puede incluso ser jefe de otros ajustadores de tuercas. Pero si nadie le pregunta qué sueña, qué lo mueve, qué le duele… seguirá siendo una máquina con nombre propio, pero sin voz.

Uno de los efectos más devastadores de esta mentalidad es la despersonalización. Se mide el rendimiento, pero no se escucha al que rinde. Se evalúan tareas, pero no se contempla la humanidad que las ejecuta. El resultado: gente que se siente invisible, reemplazable, descartable.

Se entrena para la competencia, pero no para la cooperación. Se promueve el resultado inmediato, pero se olvida el propósito duradero. Se forman trabajadores, pero se pierden personas.

No es raro entonces que tantas personas sientan que el trabajo las agota más allá del cansancio físico. Que terminan el día sin saber si han vivido o solo han cumplido. Que lo que hacen es útil, sí, pero no tiene alma.

La cúspide de esta lógica es lo que podríamos llamar éxito vacío: llegar lejos, pero sin saber para qué. Alcanzar metas, pero sin sentido. Ser reconocido, pero sin sentirse visto.

El hombre que ajustaba tuercas puede llegar a ser un símbolo de éxito según los parámetros externos. Pero si en el proceso perdió su voz, su deseo, su tiempo real… ¿qué ha ganado?

La eficiencia, cuando se convierte en único criterio de valor, desvincula el hacer del ser. Y ahí es donde empieza el absurdo.

¿Y si empezáramos a medir también el cuidado? ¿La honestidad? ¿La capacidad de escuchar? ¿La profundidad de una idea o la nobleza de una intención?

¿Y si el trabajo volviera a ser algo que no solo entrega, sino que también nutre? ¿Y si ser eficiente no implicara dejarse a uno mismo en la puerta de entrada?

No se trata de renunciar a la excelencia. Se trata de recordar que el ser humano no es una máquina de producción, sino un tejido de emociones, pensamientos y anhelos. Que detrás de cada tarea hay una historia. Que detrás de cada resultado hay un cuerpo, un alma, una voz que también merece ser reconocida.

El hombre que ajustaba tuercas no necesita que lo midan, sino que lo escuchen. No necesita una tabla de rendimiento, sino una pregunta real: “¿Cómo estás?”

Porque el verdadero valor humano no se mide por su velocidad, sino por su capacidad de sentido, de entrega con presencia, de humanidad en medio del hacer.

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