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Esa frase, tan contundente como inquietante, nos recuerda que el arte no siempre es un refugio dulce ni una promesa de consuelo. Muchas veces, la obra no se pinta para acariciar los sentidos, sino para enfrentarnos con lo que intentamos enterrar bajo capas de silencio. Un cuadro, un trazo o una sombra pueden convertirse en espejos deformantes, pero también reveladores, de lo que somos en lo más íntimo: seres capaces de crear belleza y, al mismo tiempo, de dejar cicatrices imborrables en la historia.
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