El arte de parecer ocupado: o cómo sobrevivir sin hacer nada

En Roma bastaba con una túnica… hoy basta con una presentación en PowerPoint.

Una oficina moderna vista como un teatro: escritorios alineados como escenarios, personas vestidas con trajes impecables que fingen trabajar mientras sostienen cafés, con pantallas llenas de presentaciones de PowerPoint brillantes pero vacías. En el centro, un personaje carismático, de pie, gesticulando frente a una gran pantalla con gráficos absurdamente complejos, mientras otros lo miran con expresión seria, fingiendo comprender. La luz es fría y artificial, casi de neón, resaltando el ambiente burocrático. Estilo ilustración hiperrealista con un toque satírico, enfatizando la teatralidad y el absurdo de parecer ocupado sin hacer nada

Imagen generada con leonardo.ai

La historia del trabajo está llena de héroes anónimos, de manos callosas y mentes despiertas que han levantado imperios, excavado túneles y trazado ecuaciones que sostienen el mundo. Pero junto a ellos —siempre discretos, siempre adaptables— caminan los verdaderos maestros de la supervivencia laboral: aquellos que, sin producir gran cosa, han perfeccionado el arte de parecer imprescindibles.

Y es que no se trata de holgazanería, sino de una disciplina casi teatral. En el escenario de las oficinas modernas, donde cada correo parece una declaración de guerra y cada reunión, una representación digna de Shakespeare, estos personajes han aprendido a sobrevivir sin desgastarse. No construyen puentes ni diseñan motores… pero saben cuándo asentir con gravedad, cuándo suspirar con cansancio estudiado y cuándo desplegar, como una espada de gladiador, su arma secreta: la presentación de PowerPoint.

Los romanos sabían que la vestimenta era poder. Una túnica bien ceñida, un gesto solemne y una mirada que aparentara control podían convertir a un simple ciudadano en alguien digno de atención. Hoy, ese papel lo cumplen las plantillas de diapositivas y las videollamadas con micrófono silenciado.

El mundo laboral moderno no está tan lejos de aquel foro romano: en lugar de pergaminos, hay hojas de cálculo; en vez de discursos ante el Senado, reuniones de seguimiento. La clave no es el contenido, sino el continente. Un gráfico con colores llamativos y flechas ascendentes tiene el mismo efecto hipnótico que las palabras altisonantes de un tribuno: pocos preguntan por los detalles; muchos aplauden el espectáculo.

Los maestros de este arte no son perezosos; son estrategas. Han entendido que en una jungla de tareas interminables, el verdadero poder no está en hacer, sino en parecer que se hace.

Algunas de sus tácticas más refinadas incluyen:

. La reunión infinita: Convocar encuentros sin fin, donde las ideas orbitan sin aterrizar nunca. Al salir, todos sienten que algo importante ocurrió, aunque nadie sepa exactamente qué.

. El correo maratónico: Enviar mensajes largos, llenos de términos técnicos, que no dicen nada concreto pero transmiten una sensación de dominio absoluto.

. El multitasking performativo: Abrir diez ventanas en la pantalla y fruncir el ceño con intensidad, mientras en realidad solo se revisa la cartelera del cine.

. La delegación estratégica: Hacer que otros trabajen mientras uno mantiene el aura de “coordinador indispensable”, como un director de orquesta que no toca ningún instrumento.

Si los romanos tenían sus fórmulas rituales, la oficina tiene su propio latín: palabras como “sinergia”, “disruptivo”, “alinear” o “framework”. Un vocabulario diseñado para que la frase más simple suene como un decreto imperial.

¿Se necesita tiempo para hacer una tarea? No, se “redefine la prioridad”.
¿Hay un error evidente? No, es una “oportunidad de aprendizaje”.
Y así, cada palabra se convierte en una capa de barniz que hace que la nada brille como oro.

Nada es más convincente que el rostro agotado de quien “ha estado hasta tarde trabajando en el proyecto”. No importa que el supuesto proyecto consista en reorganizar un par de carpetas: lo esencial es el gesto dramático, el café en mano y el comentario casual:
—No he dormido nada, pero lo importante es el equipo.

En esa pequeña escena, se esconde un arte mayor: parecer víctima del trabajo para no ser acusado de no trabajar.

Puede sonar cínico, pero quizá haya que reconocerles algo de mérito. Sobrevivir sin hacer nada útil requiere olfato político, capacidad de observación y un instinto de autopreservación digno de estudio. Son, en cierto modo, los herederos modernos de los cortesanos de antaño: no brillan por sus hazañas, sino por su habilidad para no caer nunca en desgracia.

Y aunque su existencia pueda exasperar a quienes realmente producen, no deja de ser un espejo incómodo. Porque en un mundo donde el ruido vale tanto como la sustancia, ¿quién puede culparlos por haber elegido el camino del eco en lugar de la voz?

El arte de parecer ocupado es, al final, una comedia humana. No hay manual oficial, pero sí una certeza: siempre habrá alguien que domine la escena sin mover un solo ladrillo. Y mientras tanto, los que realmente trabajan seguirán construyendo el escenario donde otros actúan.

Quizá, al menos, nos quede el consuelo de la lucidez: saber distinguir entre el ruido y la música verdadera. Porque si en Roma bastaba con una túnica… hoy basta con una presentación en PowerPoint, pero solo unos pocos recuerdan que la historia nunca la escriben los que solo saben aparentar.

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