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En la Europa medieval, la figura del caballero no era solo la de un guerrero armado. Era un hombre que, antes de ceñirse la espada, juraba vivir bajo un código: proteger a los débiles, servir a su señor con lealtad, decir siempre la verdad, y actuar con justicia incluso frente a sus enemigos. Ese juramento no era simbólico: la honra de un caballero valía más que su vida. Quien rompía su palabra quedaba marcado con una vergüenza peor que la derrota en batalla.
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