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Hay ausencias que no hacen ruido, que no llegan con portazos ni con discusiones memorables. Son silenciosas, se instalan poco a poco y, cuando uno quiere darse cuenta, ya han cambiado la forma en que se mira la mesa del comedor o el reloj de la pared. La ambición, cuando se disfraza de responsabilidad, suele entrar por esa puerta: “lo hago por vosotros”, “es solo una etapa”, “mañana estaremos mejor”.
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