
Imagen generada con leonardo.ai
Hay días en que uno se sienta ante su mesa, abre el cuaderno o la hoja de Excel con toda la voluntad de planificar… y el mundo, simplemente, decide reírse en tu cara. Una huelga inesperada. Una caída de servidores. Una llamada surrealista. Una reunión que empieza con cifras y termina con lágrimas. Y tú ahí, al frente del timón, sin mapa ni brújula, ni siquiera una taza de café decente.
Bienvenido al liderazgo real.
No el de los libros, los TED Talks o las citas motivacionales. Sino el liderazgo de la vida, ese que se ejerce cuando todo es cambiante, confuso y un poco ridículo.
Cuando el plan es que no hay plan
El liderazgo tradicional se forjó en contextos de orden: organigramas, indicadores, cronogramas, reuniones con actas y sillas alineadas. Pero el tiempo actual —acelerado, cambiante, atravesado por lo digital, lo emocional y lo incierto— exige otro tipo de liderazgo:
. Improvisador, no improvisado.
. Capaz de actuar sin guión, pero con valores.
. Flexible sin perder el alma.
. Capaz de reír sin perder la seriedad.
Porque hay momentos en los que el liderazgo se parece más a dirigir una obra de teatro de Ionesco que una asamblea de accionistas.
Humor, ese don olvidado
En medio de lo absurdo, el sentido del humor no es una distracción: es una herramienta de supervivencia. Es lo que permite descomprimir tensiones, mirar los errores con humanidad, y recordar que liderar no es tener todas las respuestas, sino crear espacios donde otros se atrevan a hacer preguntas.
Un líder que se ríe de sí mismo:
. Desarma la rigidez.
. Humaniza el poder.
. Y abre caminos donde solo había bloqueos.
No se trata de chistes ni de espectáculo, sino de una actitud vital: ver el lado cómico de la tragedia sin restarle importancia, y el lado poético del caos sin caer en la ingenuidad.
Liderar no es salvar a nadie
Hay una idea muy cinematográfica del liderazgo, donde todo gira en torno a “el que salva al grupo” o “el que tiene la visión”. Pero en entornos absurdos, no hacen falta héroes, sino personas conscientes de sus límites y conectadas con su gente.
Liderar no es dar órdenes desde el castillo, sino bailar bajo la lluvia con los demás, aunque no sepas el paso.
A veces lo único que se espera del líder es que esté presente, que escuche, que no imponga, que respire, que abrace, que no se derrumbe del todo, que diga:
“Sí, esto es una locura, pero aquí estamos. Vamos a ver cómo lo atravesamos juntos.”
Tres pilares para liderar en lo absurdo
Adaptabilidad radical
No se trata solo de cambiar el plan, sino de cambiar la forma de pensar. No apegarse a una sola verdad, sino tener la agilidad de reinterpretar el juego. Cuando las reglas cambian cada día, gana quien sabe observar, no quien memoriza.
Escucha empática y sincera
En el desconcierto, las personas no buscan soluciones perfectas, sino alguien que las mire con honestidad. Escuchar sin juzgar, sin corregir demasiado rápido. Porque muchas veces, el líder no guía con respuestas, sino con presencia.
Humor con raíces
No es reír por reír, sino reír desde lo profundo, como lo hacían nuestros abuelos al ver que la vida siempre se escapa de las manos. Es ese humor que nace del saber que nada es tan definitivo, ni siquiera nuestros propios errores.
Conclusión: liderar en zapatillas
Quizá hoy más que nunca necesitamos líderes menos grandilocuentes y más humanos. Que sepan decir “no lo sé” sin vergüenza, que sepan pedir ayuda, que no teman al ridículo, que no oculten el cansancio. Líderes sin capa ni pedestal, pero con alma, con mirada cálida y una carcajada a flor de piel.
Porque, al final, no hay manual para esto.
Y qué alivio, ¿verdad?
