La Torre del Olvido

Durante siglos, entre las montañas del Ariegeois —donde los vientos rozan las rocas como si buscaran secretos antiguos— se alzaba una torre que no figuraba en los mapas ni respondía a nombre alguno.

Ariegeois La imagen muestra una escena de fantasía o inspiración épica que combina arquitectura monumental con un paisaje natural escarpado y majestuoso

Imagen generada con leonardo.ai

Los pastores del valle, cuando hablaban de ella en voz baja, la llamaban la Torre del Olvido, pues nadie que entrara regresaba, y ninguno recordaba haberla visto construir.

La torre estaba excavada en un promontorio imposible, como si la montaña la hubiese parido de sí misma. Su entrada era un arco gigantesco tallado a mano, sin escudos, sin signos, sin puertas. Solo una sombra profunda y perpetua aguardaba dentro.

Gaël de Montrosé, hijo de un linaje antiguo y venido a menos, creció con las historias de su abuela sobre la Torre. De niño soñaba con escalar su cúspide y oír lo que el viento le contaba a las piedras. De adulto, convertido en soldado sin reino, su espada solo respondía a la nostalgia. A los treinta años, tras años de guerras ajenas, regresó al valle.

La Torre seguía allí, inmutable.

Una noche de luna menguante, acompañado solo por su caballo y el silencio de la alta montaña, Gaël ascendió por el estrecho sendero. No fue valentía lo que lo empujó, sino una sed: saber por qué la torre lo llamaba. Al llegar al arco, notó que no había rastro de vida ni muerte. Solo quietud.

Entró.

El interior no era lo que esperaba. No había pasillos ni escaleras: solo una espiral descendente tallada hacia las entrañas de la roca. El aire olía a musgo, hierro y memoria. En las paredes había inscripciones que mutaban al mirarlas: nombres, fechas, símbolos antiguos. Algunos nombres los reconocía. Otros… eran suyos, escritos en diferentes grafías, como si distintas versiones de él hubieran pasado por allí.

Mientras descendía, comenzó a oír murmullos. No eran voces claras, sino pensamientos que no eran suyos. Recuerdos ajenos: una madre cantando en un idioma olvidado, un niño encerrado pidiendo perdón, un anciano riendo antes de desaparecer en la nada.

La espiral lo llevó a una cámara inmensa, subterránea, abierta como una catedral bajo la montaña. En el centro, un espejo negro reposaba sobre un pedestal.

Gaël se acercó. Su reflejo no era el suyo: era él, sí, pero más joven, más viejo, herido, coronado, caído, abrazando a una mujer desconocida, muriendo en una batalla que jamás peleó.

Entendió entonces: la torre no guardaba prisioneros. Era un cruce, un vértice del tiempo. Cada ser que la atravesaba dejaba atrás versiones de sí mismo, caminos no elegidos. Allí se almacenaban todas las posibilidades perdidas.

El espejo tembló. Una voz —no en sus oídos, sino en su pecho— le preguntó:

—¿Qué deseas recordar?

Gaël no respondió. Sus ojos, llenos de sal, buscaban algo entre los reflejos. Finalmente susurró:

—A mi hermano.

Recordó entonces algo que había olvidado: un hermano gemelo, desaparecido de pequeño, que todos negaban haber conocido. En el espejo, lo vio, niño aún, esperándolo del otro lado del cristal.

—¿Y tú? —dijo la voz— ¿Qué deseas olvidar?

Gaël cerró los ojos. Dejó caer la espada.

—Todo lo demás.

Los siglos pasaron. A veces, una figura se ve en el arco de la torre, inmóvil, observando el valle. Algunos creen que es una estatua. Otros que es un ermitaño. Pero los pocos que se han atrevido a subir afirman que nadie les abre, ni hay huellas en el camino.

Sin embargo, en las noches claras, cuando el viento sopla del norte, puede oírse una melodía suave: el canto de un niño y la risa de un hombre viejo, mezclados como dos ecos que se buscan.

La Torre del Olvido no devora. Es un umbral.

Y quienes entran… solo desaparecen si encuentran lo que vinieron a buscar.

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