Video generado con Sora
Me llamo Mateo. O al menos así me llamaban antes de aquella noche. Yo no buscaba riquezas ni gloria; solo quería saber si las viejas historias del valle eran ciertas. La curiosidad… esa maldición que siempre ha llevado a los hombres a abrir puertas que debían permanecer cerradas.
La losa estaba más ligera de lo que esperaba, como si alguien —o algo— ya la hubiese empujado antes. Cuando descendí, la oscuridad no era normal. No era simplemente ausencia de luz; era una sombra espesa, viva, que parecía tragar el resplandor de mi lámpara de aceite.
Los sarcófagos estaban allí, tal como los describían los ancianos. Pero no estaban sellados. Las tapas de piedra tenían grietas por las que salía un aire tan frío que dolía en los huesos. Y en el centro, esa estatua…
La miré demasiado tiempo. No debería haberlo hecho. Sus ojos vacíos parecían seguirme, aunque estaban tallados en piedra. Y entonces escuché el murmullo. No como un eco lejano, sino como si alguien estuviera de pie justo detrás de mí, susurrando mi nombre.
“Mateo…”
Dejé caer la lámpara. La llama chisporroteó, iluminando por un instante algo imposible: las tallas de los sarcófagos se movían, las líneas parecían retorcerse como gusanos, formando nuevas figuras. Y esas figuras… me miraban.
Corrí. Lo juro por todo lo que aún me queda de alma, corrí hacia las escaleras. Pero cuando alcancé el último peldaño, el murmullo se convirtió en una carcajada… una risa hueca, antigua, como si la cripta se burlara de mí por creer que podía escapar.
Cuando salí, la noche estaba más oscura que nunca. Cerré la losa. La empujé con toda mi fuerza, pero no sirvió de nada. Porque ahora lo sé. La cripta no está cerrada para mantener algo dentro. Está cerrada para que nosotros no volvamos a bajar.
Y cada noche, cuando el viento sopla desde el valle, escucho mi nombre otra vez. No en sueños. No en recuerdos. En el aire.
“Mateo…”
Yo nunca regresé de aquella cripta. Sólo… salí caminando.
