
Cierto, Samuel despertó con el parpadeo azul de la pantalla reflejado en sus pupilas.
Un zumbido sordo le retumbaba en la cabeza, como si hubiera dormido durante días. La luz del monitor era la única fuente de claridad en la habitación. Miró el reloj de la computadora: 03:47 a. m.
No recordaba haberse dormido. Ni siquiera recordaba qué estaba haciendo antes de perder la noción del tiempo.
Movió el ratón y vio un chat abierto. Un usuario desconocido, Nyx-24, le había enviado un mensaje.
«¿Estás ahí?»
No recordaba haber agregado a nadie con ese nombre, pero al revisar la conversación, se dio cuenta de que había estado intercambiando mensajes con esa persona durante semanas. Tal vez meses. Se le heló la sangre al leer sus propias respuestas.
Eran palabras suyas. Su estilo, su forma de expresarse. Pero no recordaba haberlas escrito.
Deslizó el cursor y recorrió el historial. El tema de las conversaciones era inquietante. Hablaban sobre la realidad, la desconexión, la sensación de que el mundo a su alrededor se volvía borroso cuando no prestaba atención. En uno de los mensajes más recientes, Nyx-24 le había dicho algo que ahora, con el frío recorriéndole la espalda, sonaba a advertencia:
«A veces olvidamos lo que no debemos recordar.»
Samuel tragó saliva y escribió con dedos temblorosos.
—¿Quién eres?
La respuesta apareció de inmediato.
—¿No lo recuerdas? Nos conocimos aquí. En el otro lado.
Samuel frunció el ceño. «El otro lado». La frase despertó un eco en su mente, como si ya la hubiera leído antes. Buscó en sus correos, en sus notas, en sus redes. No había rastro de Nyx-24 en ningún otro lugar.
Intentó hacer memoria. ¿Cuándo había comenzado todo esto? No podía recordar la primera vez que habló con Nyx-24, pero los mensajes estaban ahí, como evidencia de que sí había sucedido.
Sintió un leve mareo. Se llevó la mano a la cabeza y entonces vio algo que lo dejó sin aliento.
Sobre su muñeca había una pulsera de identificación hospitalaria.
No recordaba haber estado en un hospital. No recordaba haberse colocado esa pulsera. Se levantó de golpe, tropezando con una silla. Corrió hasta el espejo más cercano. El reflejo le devolvió la imagen de un rostro cansado, con los ojos enrojecidos y la piel pálida.
Pero algo no encajaba.
El reflejo no tenía la pulsera.
Samuel sintió un escalofrío. Volvió a la computadora. La pantalla se había llenado de una serie de mensajes de Nyx-24.
«No mires el espejo.»
«No recuerdes demasiado rápido.»
«Pronto lo entenderás.»
El cursor titiló. Samuel sintió que el aire en la habitación se volvía denso, irreal, como si de pronto estuviera en un sueño del que no podía despertar.
Entonces un nuevo mensaje apareció en la pantalla.
—Bienvenido de vuelta, Samuel.
La pantalla parpadeó y, por un instante, en el reflejo del monitor, Samuel vio algo que no debía estar allí: alguien lo estaba mirando desde el otro lado. No era su reflejo.
Era… Nyx-24.
