
Imagen generada con leonardo.ai
Son escaleras sin peldaños verdaderos, sostenidas por favores, silencios estratégicos y una arquitectura invisible de sumisión.
En muchas organizaciones modernas —sean empresas, instituciones públicas, partidos, medios de comunicación o estructuras jerárquicas diversas— el ascenso no es fruto del mérito, sino de una coreografía muda en la que el que mejor se adapta, sobrevive… y sube. Pero ¿a costa de qué?
El espejismo de la meritocracia
Nos han repetido que vivimos en un mundo meritocrático: donde el talento, el esfuerzo y la competencia son recompensados. Pero en la práctica, el ascenso está muchas veces desconectado de la excelencia real.
. El que propone ideas nuevas incomoda.
. El que señala fallos queda etiquetado como negativo.
. El que actúa con rigor, pero sin flexibilidad ética, es visto como “poco político”.
En cambio, suben los que halagan en voz baja, los que callan lo que saben, los que nunca se plantan. Suben porque no alteran el equilibrio ficticio que sostiene al sistema.
El mérito real es molesto porque introduce verdad en un entorno que ha hecho de la imagen su religión.
La lógica del cálculo
En estas escaleras sin peldaños verdaderos, no se asciende por firmeza, sino por cálculo. Se aprende a detectar qué se espera en cada sala, en cada reunión, en cada conversación.
Y quien domina ese lenguaje implícito —lleno de medias palabras, silencios útiles y lealtades interesadas— se convierte en el candidato perfecto.
Pero ese ascenso, lejos de ser una elevación, es una pérdida gradual de identidad.
Cada paso hacia arriba exige renunciar a un matiz de la conciencia, como quien va soltando piedras del alma para aligerar el equipaje, sin darse cuenta de que va quedando hueco por dentro.
Éxitos que no son victorias
No todo éxito es victoria. Hay ascensos que, en lugar de enriquecer, empobrecen el espíritu.
Son esos logros que se celebran con copa en mano y nudo en la garganta.
Esos cargos conseguidos tras años de diplomacia tóxica, donde uno aprende a fingir respeto, a simular entusiasmo, a tragar sin ahogarse.
Y al llegar a la cima, ¿qué hay?
. Una oficina más grande.
. Una agenda más llena.
. Un sueldo más alto.
. Y a veces… una soledad más amarga.
Porque la conciencia sabe que esa cima no se ganó con verdad, sino con obediencia decorada.
Las señales del vacío
Se puede reconocer un ascenso vacío por sus síntomas:
. El ascendido empieza a hablar en tercera persona institucional.
. Se vuelve incapaz de expresar una opinión sin mirar a su alrededor.
. Evita el contacto con quienes antes eran sus iguales.
. Y, sobre todo, ya no cuestiona nada, porque ha hecho del conformismo su escudo.
No es que se haya corrompido de forma escandalosa. Simplemente ha dejado de ser él mismo.
Y eso, a veces, duele más que una traición.
¿Cómo resistir esa lógica?
No se trata de negar el valor del esfuerzo ni de la ambición justa. El problema no es ascender, sino aceptar subir por una escalera sin peldaños verdaderos.
Es decir: cuando el camino está hecho de hipocresía, cálculo y simulación, el verdadero acto de integridad puede ser no subir.
O subir distinto. Sin doblegarse. Sin perder el centro. A otro ritmo. Por otra vía.
En un mundo que premia la apariencia, la ética es el peldaño más difícil de mantener. Pero también el único que no se derrumba.
Epílogo: mejor firme en el suelo que vacío en la cima
Hay quienes, al ver a otros ascender, se preguntan si se han quedado atrás.
Pero quizás la verdadera pregunta es: ¿qué se ha dejado atrás quien ha llegado arriba?
No todo lo que sube eleva.
Y no todo el que asciende, crece.
A veces, el acto más revolucionario es quedarse donde uno puede mirar a los ojos sin bajar la cabeza.
Porque en esas escaleras sin peldaños, lo único firme… es la conciencia de no haberlas pisado.
