Bailar la coreografía mientras se hunde el escenario

Hay quienes siguen los pasos con precisión… mientras el suelo se resquebraja bajo sus pies.

Una gran oficina institucional con arquitectura imponente columnas de mármol relojes de pared y archivos perfectamente ordenados comienza a agrietarse lentamente desde el suelo

Imagen generada con leonardo.ai

En muchas empresas e instituciones, cuando el caos se asoma por la puerta, la reacción no es frenar, mirar de frente y repensar lo hecho.
No.
La reacción es ajustarse la corbata, abrir el manual, y repetir los pasos como si todo siguiera igual.

Se incendia el almacén, pero alguien pregunta si hay que firmar el acta.
Se desploman los resultados, pero se discute si la presentación debe ser en Arial o Calibri.

Hay fugas de talento, pero lo importante es que el KPI mensual se haya entregado… aunque ya no signifique nada.

Así funciona el teatro de los procedimientos: se respeta la forma, aunque el contenido esté vacío; se cumple con el rito, aunque la fe esté perdida.

Los protocolos nacieron para dar estructura, no para encerrar la inteligencia.
Pero en tiempos de crisis, la forma se convierte en refugio, y la norma en consuelo.

El ser humano, ante lo incierto, busca certezas. Y nada da más seguridad que una lista de tareas, un formulario bien cumplido, una firma en el margen correcto.

Es una forma de decir: “No controlo el mundo, pero al menos esto lo hice bien.”

El problema aparece cuando la fidelidad al proceso sustituye al pensamiento crítico.

Hay algo profundamente humano —y tristemente cómico— en esa escena repetida por generaciones: todo se desmorona, pero se insiste en cumplir con el protocolo.

. Como el mayordomo que sigue sirviendo el té mientras la casa tiembla.

. Como el director que exige el informe trimestral mientras el equipo se desangra.

. Como el funcionario que pide el sello oficial mientras el sistema que lo sustenta colapsa.

Y lo más inquietante es que, muchas veces, los que siguen el protocolo hasta el final son premiados. Se les llama “rigurosos”, “profesionales”, «comprometidos”… aunque solo hayan ejecutado con precisión una danza sin música.

Porque enfrentarse al caos de frente requiere valentía emocional y honestidad organizativa.

Y eso es raro.

. Es más cómodo esconderse tras el «así se ha hecho siempre».

. Es más fácil justificar errores con frases como “cumplimos el procedimiento”.

. Es más difícil reconocer que los protocolos también se equivocan, también caducan.

Cuando el suelo se resquebraja, lo que se necesita no es repetir la secuencia, sino pensar con lucidez.

El valor no está en seguir caminando con elegancia por un puente que se cae, sino en detenerse, mirar abajo, y decidir si tiene sentido seguir.

Y esto requiere algo que escasea en muchas culturas organizativas: permitirse dudar.

No todo lo que está recogido en normas es lo correcto.
No todo lo permitido es sabio.
No todo lo repetido merece continuidad.

Seguir bailando cuando el escenario cruje puede parecer elegante… pero también puede ser suicida.

Hay momentos en que lo más sensato no es mantener el ritmo, sino detener la música y encender las luces.

El liderazgo verdadero no es el que exige seguir el guion hasta el final, sino el que se atreve a decir:

“Esto que hacemos ya no sirve. Tengamos el valor de improvisar con sentido.”

Porque al final, no será recordado quien ejecutó mejor el protocolo en medio del desastre, sino quien fue capaz de ver el desastre, y aun así, eligió actuar con conciencia, no con costumbre.

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