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Vivimos en una época obsesionada con contar, medir y asegurar. Contamos dinero, seguidores, propiedades, contactos. Medimos el éxito por lo que se exhibe y la estabilidad por lo que parece firme. Sin embargo, basta una sacudida —una crisis económica, una enfermedad, una pérdida inesperada— para descubrir que muchas de esas certezas eran frágiles, casi decorativas. Entonces surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué queda cuando todo lo acumulado deja de servir?
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