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Hay momentos en los que la experiencia humana resulta tan intensa que parece romper los márgenes de lo soportable. El trauma no solo duele: desorganiza, descoloca, desarma. No se limita a dejar una herida emocional; altera la forma misma en que percibimos lo que está ocurriendo. De pronto, lo cotidiano pierde su textura habitual. Las voces suenan lejanas, los colores parecen apagados o exageradamente nítidos, y el tiempo se dilata o se fragmenta como si alguien hubiera movido las piezas del reloj.
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