La voluntad dormida: ¿somos libres cuando obedecemos sin cuestionar?

Reflexión sobre la pasividad social y la obediencia disfrazada de normalidad´. Hay figuras que atraviesan las épocas como espejos velados del alma humana.

Escena urbana inquietante, de estética expresionista y moderna a la vez: una multitud de personas vestidas con trajes formales, caminando en la misma dirección por una gran avenida gris, todos con los ojos abiertos pero la mirada vacía, como sonámbulos. Uno de ellos, en el centro, ha detenido su paso y parpadea, como si estuviera despertando. La luz lo toca ligeramente, mientras el resto permanece en sombras. La arquitectura que los rodea es imponente pero opresiva, con edificios torcidos o desproporcionados, como si reflejaran el error estructural de una sociedad que premia la obediencia ciega. Atmósfera silenciosa, con tensión latente: algo está a punto de cambiar. Estilo pictórico entre el realismo sombrío y el surrealismo simbólico.

Imagen generada con leonardo.ai

Una de ellas es el sonámbulo: ese ser que camina sin estar despierto, que recorre pasillos, abre puertas, cruza calles con los ojos abiertos, pero sin ver, cumpliendo gestos sin intención, envuelto en una noche sin conciencia.

En la obra maestra del expresionismo alemán, El gabinete del doctor Caligari, el personaje de Cesare, el sonámbulo, es usado como instrumento de otro. Obedece sin preguntar, se mueve sin decidir, mata sin querer. Es una marioneta elegante, silenciosa y perfecta. Y, aunque parezca lejano y teatral, hay más Cesares entre nosotros de lo que quisiéramos admitir.

¿Hasta qué punto somos libres, cuando nuestras acciones no han pasado por el tamiz del juicio propio?
¿Hasta qué punto decidimos, cuando simplemente repetimos?
¿No será que la voluntad —ese músculo del alma— está dormida… y nosotros, andando?

Desde pequeños se nos premia por “portarnos bien”. Obedecer, callar, adaptarse. La escuela premia al que no interrumpe, el trabajo al que no cuestiona, la sociedad al que encaja. Todo está diseñado para amasar la conciencia hasta que quepa en un molde cómodo. Así, poco a poco, la obediencia se vuelve un hábito… y más tarde, una identidad.

Pero obedecer no es siempre malo. A veces es necesario. La tragedia aparece cuando la obediencia se convierte en renuncia sistemática a la libertad interior. Cuando ya no distinguimos si hacemos lo que creemos… o lo que nos dijeron que creamos.

Y así, como el sonámbulo, caminamos por la vida cumpliendo órdenes que nadie dio en voz alta, pero que todos aceptan:
—Esto se hace así.
—Siempre se ha hecho de este modo.
—No te compliques.
—Tú haz tu parte y calla.

No nos gusta admitirlo, pero pensar duele. Cuestionar agota. Decidir cansa.
Por eso tantos prefieren la inercia: que otros digan por mí qué es correcto, qué debo hacer, qué es bueno, qué debo desear.

Los algoritmos nos dicen qué mirar.
Los expertos, qué creer.
Los políticos, a quién temer.
Los jefes, cuándo rendir.
Y nosotros, encantados, dormimos con los ojos abiertos, como Cesare en su ataúd de terciopelo, listos para cumplir sin pensar.

Lo más perturbador no es que haya quien mande.
Lo inquietante es que haya tantos que ya no desean mandar sobre sí mismos.

Se habla de libertad como si fuera un derecho natural, pero en realidad es un esfuerzo constante. No basta con tener la opción de elegir: hay que atreverse a hacerlo.
Y eso exige dudar, detenerse, cambiar de rumbo.
La voluntad es como un músculo: si no se usa, se atrofia.
Y cuando llega el momento de actuar —de verdad actuar, desde el centro del ser— muchos descubren que su voluntad lleva años dormida… o muerta.

La libertad no consiste en hacer lo que uno quiere.
Sino en querer de verdad lo que uno hace.
Y eso exige conciencia, presencia, escucha interior. Lo contrario del sonambulismo.

Una sociedad de sonámbulos es una tierra fértil para la tiranía.
No hacen falta cárceles ni látigos. Solo bastan normas sutiles, premios tibios, entretenimiento constante y algo de miedo.
El ciudadano que no piensa, no molesta.
El consumidor que obedece, es rentable.
El creyente que repite, no estorba.

Y así, los Cesares modernos —bien vestidos, conectados, productivos— llenan las calles.
Son amables, eficientes, pero ya no saben por qué viven ni a quién sirven.

No se despierta a golpes. Se despierta por una chispa interior, una inquietud que no se calla, una pregunta que no se deja silenciar:

“¿Esto que hago… lo elegí yo? ¿Este camino… es mío? ¿Estas ideas… las pienso o las cargo?”

Despertar es perder comodidad y ganar alma.
Es caminar con torpeza al principio, pero con propósito propio.
Es dejar el sueño seguro por una vigilia que duele… pero que también ama, elige, crea, perdona y se rebela.

Cuenta la leyenda que, una vez, el sonámbulo Cesare se detuvo.
Justo antes de cumplir una orden. Miró hacia el horizonte. Y aunque nadie supo lo que pensó —porque jamás habló— en su pausa nació un temblor.
El temblor de una voluntad que despierta.
El temblor de una libertad que recuerda que puede elegir.

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