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Hay figuras que no se entienden por lo que fueron, sino por lo que necesitaban ser.
George Armstrong Custer, por ejemplo, no fue recordado por sus errores, sino por su caída. Y no por su caída como tal, sino por cómo se contó.
En la batalla de Little Bighorn, Custer y sus hombres fueron derrotados —aniquilados— por fuerzas indígenas que defendían con fiereza lo poco que les quedaba. Pero la historia oficial no se detuvo en el fracaso: lo revistió de epopeya, lo cubrió con bandera, con corneta, con botas lustradas y frases de gloria. Lo convirtió en un mito de sacrificio, en mártir nacional, en icono trágico de un supuesto deber cumplido.
Y así, la historia hizo lo que a menudo hace: torció los hechos hasta volverlos útiles.
¿Qué necesita un imperio? Héroes… no verdades
Todo poder necesita relatos. Y todo relato necesita protagonistas que encarnen el ideal. En el caso de Estados Unidos, en plena expansión hacia el Oeste, la figura del militar valiente que lucha contra “salvajes” era una necesidad cultural, no un accidente.
Custer ofrecía el perfil perfecto:
. Joven, carismático, temerario.
. De presencia imponente, con rizos dorados y uniforme impecable.
. Amigo del riesgo, del estilo, de la muerte con gestos teatrales.
Su final —rodeado, superado en número, caído junto a sus hombres— fue el material ideal para el romanticismo patriótico. Poco importaba si su estrategia fue errónea, su arrogancia excesiva o su causa cuestionable. Lo importante es que murió “con las botas puestas”, y eso bastó para narrarlo como leyenda.
¿Y los otros muertos?
En esta gesta, tantas veces contada con brillo de bronce, también hubo otros muertos. No unos pocos, no daños colaterales que se despachan con una nota al pie. Hubo muchos. Cientos. Y casi todos pertenecían al mismo lado: el indígena. El lado que no escribió crónicas, que no levantó estatuas, que no tuvo quien relatara su versión. El lado que, durante siglos, quedó sin voz.
Ellos no fueron convertidos en héroes, ni sus nombres quedaron en los libros, ni sus rostros en retratos gloriosos. Murieron defendiendo su tierra, su familia, su forma de vida, pero para el relato nacional fueron simplemente “los enemigos”. El mito no los necesitaba.
Ahí está la trampa: la historia oficial no recuerda a todos por igual. Elige. Selecciona. Ajusta. No porque los hechos lo exijan, sino porque la narrativa dominante lo demanda.
Del fracaso a la gloria: la alquimia del poder
Lo que sucedió en Little Bighorn fue una derrota. Pero convertir una derrota en símbolo es una forma sofisticada de propaganda.
Así lo hizo también Roma con ciertas legiones perdidas. Así lo hizo Francia con Napoleón. Así lo hacen tantas naciones cuando toman un error estratégico y lo envuelven en épica, con música solemne, desfiles y nombres de calles.
No es que se niegue el fracaso.
Es que se lo recodifica.
El mártir sustituye al caído.
El mito aplasta al hombre.
Y la verdad… queda relegada a notas al pie.
¿Y si no fue un héroe?
¿Qué pasa si quitamos la capa de romanticismo?
Custer fue, en muchos aspectos, un oficial con hambre de gloria. Desobedeció órdenes. Subestimó al enemigo. Dividió sus fuerzas en territorio hostil. Y llevó a cientos de hombres a una muerte inútil.
Pero en lugar de ser juzgado por sus decisiones, fue exaltado por su final.
¿Por qué? Porque su muerte servía a un propósito: unir al país en torno a la causa de la expansión y justificar las políticas de sometimiento indígena. Su cadáver era más útil que su carrera. Su imagen muerta podía ser moldeada. Viva, quizás habría resultado incómoda.
¿Qué aprendemos de todo esto?
Que la historia no siempre premia la verdad, sino la utilidad del relato.
Que los mártires, muchas veces, no tienen razón: simplemente cayeron primero, y el relato los embelleció después.
Que glorificar a un personaje no es prueba de su virtud, sino a veces señal de que necesitamos creer en algo, aunque no sea cierto.
Y que, si queremos ser justos, tenemos que aprender a mirar más allá de los estandartes y las estatuas, y atrevernos a preguntar:
—¿quién escribió esta versión?
—¿quién quedó fuera del encuadre?
—¿a quién le sirve esta leyenda?
En tiempos de historia rápida
Hoy, en la era de la opinión veloz y las redes furiosas, también estamos construyendo nuevos “Custers”. Personas encumbradas, convertidas en símbolo, elevadas o derribadas según lo que convenga, más que por lo que hayan hecho.
Por eso vale la pena recordar:
No toda caída es heroica.
No todo sacrificio es noble.
Y no todo mártir merece altar.
Porque a veces la historia necesita más verdad… y menos estandartes.
