El miedo al fin: paralelos entre la profecía maya y la de San Malaquías

A lo largo de la historia, las profecías sobre el fin del mundo han actuado como espejos de nuestras propias angustias, esperanzas y dudas.

Imagen divida en dos en una parte algo que represente la profecía maya y otra la s malaquias

Imagen generada con DALL-E

Dos de las más mencionadas en los últimos tiempos —la profecía maya y la profecía de los papas atribuida a San Malaquías— provienen de contextos muy distintos, pero comparten una inquietante similitud: ambas anuncian el cierre de un ciclo, un cambio profundo, tal vez irreversible.

El calendario de cuenta larga de los mayas concluyó el 21 de diciembre de 2012, marcando el final de un ciclo de 13 baktunes. Lejos de ser una predicción catastrofista, los estudiosos coinciden en que este “fin” era parte de una visión cíclica del tiempo. Para los mayas, el fin de una era era también la preparación para el renacer de otra. Sin embargo, el imaginario popular occidental interpretó esta fecha como una señal apocalíptica, alimentando libros, documentales y teorías conspirativas.

Por su parte, la llamada profecía de San Malaquías, redactada en el siglo XII, describe una lista de 112 lemas crípticos que supuestamente representan a cada papa hasta el fin de los tiempos. El último de ellos sería Petrus Romanus, bajo cuyo pontificado llegaría el juicio final. Aunque la autenticidad de este texto ha sido cuestionada —no se conoció públicamente hasta el siglo XVI—, cada nuevo cónclave aviva el interés por saber si el «último papa» ya está entre nosotros.

Tanto la profecía maya como la de San Malaquías están escritas en un lenguaje simbólico que deja espacio a múltiples interpretaciones. Esta ambigüedad es, quizá, su fuerza: permite que diferentes generaciones proyecten en ellas sus propios miedos y contextos. En ambos casos, el «fin» no parece limitarse a una destrucción literal, sino a una transformación profunda —cultural, espiritual o moral—.

¿Por qué nos obsesiona tanto la idea del fin? Tal vez porque, al contemplarlo, se hace más visible lo que valoramos, lo que tememos perder, o lo que anhelamos cambiar. En ese sentido, estas profecías funcionan como advertencias, no tanto sobre el mundo exterior, sino sobre el mundo interior: ese que muchas veces necesita una sacudida para renovarse.

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