El Frankenstein interior: batallas personales con partes que no reconocemos

Todos llevamos dentro algo que nos incomoda. Un gesto que no entendemos de nosotros mismos, un miedo que parece venir de otro tiempo, una reacción desproporcionada que nos deja perplejos.

Una figura humana compuesta como si fuera un rompecabezas el cuerpo y el rostro están formados por piezas encajadas algunas perfectamente alineadas otras ligeramente desplazadas o de distinto color y textura Algunas piezas faltan dejando huecos visibles mientras otras parecen estar en proceso de ser colocadas El personaje se encuentra en un espacio introspectivo rodeado de más piezas flotantes que representan emociones recuerdos o fragmentos de identidad aún por integrar La expresión del rostro no es de angustia sino de concentración serena como alguien que pieza a pieza va armándose a sí mismo La escena transmite la idea de que cada ser humano es un conjunto en construcción y que la aceptación de lo incompleto forma parte esencial del crecimiento personal
Imagen generada con leonardo Ai

Como si ciertas partes de nuestra personalidad no nos pertenecieran del todo, como si hubieran sido cosidas allí por alguien más. Y quizá no estamos tan lejos de la verdad. Porque somos, en buena medida, un ensamblaje: de vivencias, de heridas, de voces ajenas. Un Frankenstein interior que busca con desesperación no parecer un monstruo, sino simplemente alguien completo.

Desde pequeños absorbemos influencias sin darnos cuenta: mandatos familiares, gestos aprendidos, heridas no resueltas. Vamos recogiendo fragmentos, algunos con sentido, otros sin explicaciones. Y con ellos vamos construyendo una identidad que muchas veces no ha sido elegida, sino heredada, impuesta o improvisada para sobrevivir.

Con el tiempo, algunas de esas piezas empiezan a chocar entre sí. Nos descubrimos diciendo cosas que odiábamos escuchar, reaccionando con dureza cuando queríamos ternura, alejándonos de lo que deseábamos por miedo a ser heridos. Es entonces cuando aparece la sensación de estar divididos, de no ser del todo nosotros. De tener algo dentro que no encaja, que estorba, que asusta.

La psicología lo llama «la sombra»: ese conjunto de rasgos, emociones y deseos que no queremos admitir como propios. No porque sean necesariamente malos, sino porque entran en conflicto con la imagen que intentamos sostener. El problema es que lo que se niega, no desaparece: se esconde, se distorsiona, se vuelve síntoma.

Y así, lo que no integramos, termina controlándonos desde la oscuridad. Como el monstruo de Frankenstein, nuestras partes no asumidas empiezan a hacer ruido, a exigir reconocimiento. Pero no lo hacen con palabras suaves, sino con sabotajes, con culpas, con crisis que no entendemos.

Aceptar que no somos una unidad pulida, sino un mosaico vivo, es el primer paso hacia la paz interior. No se trata de amar cada parte de inmediato, sino de reconocerlas como propias. El orgullo, la tristeza reprimida, el miedo, incluso la rabia… todas son señales de algo que necesita ser escuchado.

La integración no es fusión perfecta, sino convivencia consciente. Es saber que hay partes de nosotros que vienen de heridas antiguas, pero que pueden tener un lugar en el presente sin dominarnos. Es decir: sí, esto también soy yo, pero no me define por completo. En esa frase hay más poder que en años de negación.

La autoaceptación no es un acto de resignación, sino de valentía. Es mirarse sin adornos y decir: así soy ahora, y desde aquí puedo crecer. El verdadero crecimiento personal no surge de la perfección, sino del contacto honesto con nuestras imperfecciones. De hecho, muchas de nuestras virtudes más profundas —la empatía, la humildad, la compasión— nacen precisamente del dolor asumido, de los fragmentos reconciliados.

El Frankenstein interior no quiere ser temido. Quiere ser comprendido. Quiere dejar de esconderse. Y eso solo ocurre cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos y empezamos a dialogar con lo que somos.

En la novela de Mary Shelley, el verdadero monstruo no es la criatura, sino el abandono. Lo que convierte al ensamblaje de partes en algo temible es la falta de amor, la falta de un lugar en el mundo. Lo mismo ocurre con nuestras partes rechazadas: no son peligrosas por sí mismas, sino porque las dejamos solas, escondidas, ignoradas.

Todos tenemos dentro un Frankenstein: una construcción imperfecta, sensible, deseosa de unidad. Y todos tenemos la posibilidad de dejar de verlo como un error, y empezar a verlo como una historia compleja que merece ser contada con dignidad. La integración de nuestra sombra, la aceptación de nuestras contradicciones, el crecimiento desde lo roto: todo eso no solo nos humaniza, nos fortalece.

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