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Desde que despertamos cada mañana, elegimos un papel. Nos vestimos con el traje del día —la sonrisa profesional, la paciencia paterna, la cortesía social— y salimos al mundo como actores que recuerdan su texto sin creer del todo en él. Fingimos sin malicia, más por necesidad que por engaño. Porque la vida exige versiones de nosotros que a veces ya no reconocemos, pero sin las cuales no podríamos seguir funcionando.
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